ARNALDOS ABOGADOS

DISCURSO 50 AÑOS

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Estas fueron, resumidas, las palabras que pronunció Andres, en un salón repleto de autoridades del ámbito de la justicia regional y asistentes al acto de jura o promesa de nuevos letrados, imposición de medallas y entrega de diplomas a colegiados con 25, 50 y 75 años de colegiación, y distinción a dos decanos de honor.

En primer lugar, quiero recordar en este solemne acto a todos los abogados y abogadas que, desde mi incorporación al Colegio, nos han dejado y a los que llevo en mi memoria y, en muchos casos, en el corazón. En especial, al que fuera el padrino de mi jura como nuevo letrado en aquél lejano febrero de 1976, Francisco Martínez Salmerón, fallecido muy recientemente.

Como anécdota, debo compartir con ustedes que, en realidad, llevo algo más de 50 años ejerciendo como letrado, porque tuve la enorme suerte de poder incorporarme a un despacho, en calidad de “pasante”, al día siguiente de aprobar en junio de 1975 la última asignatura de la licenciatura. Nunca lo agradeceré suficientemente, como el hecho de que, al poco, mis “mayores” me urgieran a lidiar los toros en el ruedo, no desde la barrera. El mismo día de mi jura intervine en un recurso de apelación en el propio tribunal de la Audiencia Provincial de Murcia ante el que me comprometí pública y solemnemente a ejercer la profesión con respeto a los valores que la informan y la hacen tan sublime. Entonces era lo acostumbrado.

En realidad, podría haber descontado los dos años, aproximadamente, en los que ocupé un cargo político -director general, con funciones de subsecretario, en el Palacio de la Moncloa, en tiempos de la Transición española- quizás incompatible con la situación de ejerciente. En fin, ahora que todo ha prescrito, lo cuento, no sin aclarar que ni rocé el ejercicio en ese período que, por lo demás, yo sabía radicalmente temporal; en aquel entonces, todos los que accedíamos a hacer política activa éramos conscientes de que estábamos de paso y por poco tiempo.

Pero también quiero aprovechar la ocasión para pedir perdón por todo aquello que haya hecho mal y, sobre todo, a quienes haya podido ofender, descuidar, molestar o, simplemente, no atender como cada uno se merece.

Y, sobre todo, dar las gracias:

A mi familia, especialmente a mi mujer, María Pilar -ahí sentada- por haber soportado mis ausencias, mis largas jornadas de trabajo, las “no vacaciones”, por hacer también de padre y ser, además, una excelente y brillante profesional; a mis hijos -también una de ellos me está viendo y escuchando ahora- a quienes mi empeño por dar ahora aquello de lo que les privé entonces, llega un poco tarde. Confío en que con mis adorados nietos no ocurra lo mismo.

A los que confiaron en mi en aquella primera experiencia profesional, a los que hice mención más arriba. Esas puertas abiertas al ejercicio profesional, armado solo con una licenciatura, pocos años y ganas de aprender, permitieron entonces llegar hasta hoy.

A este Colegio, al entonces decano Francisco Martínez Escribano y al Director de la Escuela de Práctica Jurídica, Fernando Jiménez Conde, que, muy pronto, me invitaron a formar parte del claustro de sus profesores, actividad a la que he dedicado largos años hasta que, por voluntad propia, decidí dar un paso a un lado, recientemente; gracias por el reconocimiento que con tal ocasión me hizo la anterior Junta de Gobierno, de la que era decano, precisamente, un hijo de aquél iniciador de una saga de juristas y compañeros, tan queridos todos. Compartir experiencia con los aspirantes al ejercicio de la abogacía ha sido para mí, y no tanto para ellos, muy enriquecedor; en mi mochila lo llevaré siempre.

Y, por supuesto, a los clientes que a lo largo de estos cincuenta años han depositado en mí su confianza, muchos de los cuales siguen haciéndolo.

Y a mis compañeros de despacho, letrados y personal de administración, sin los que hubiera sido imposible, sí, imposible, desarrollar una carrera profesional intensa, repleta de satisfacciones; sin ellos habría y sería inútil, e impensable, haber acudido y seguir acudiendo al despacho con ánimo, con alegría, ilusión y ganas.

Es esta una profesión que hay que desempeñar con un respeto profundo a todos los que intervienen en la administración de justicia: desde el funcionario de tribunales, pasando por los letrados -hasta hace poco llamados Secretarios- de aquella administración de justicia y a fiscales, jueces y magistrados. Y, claro, empezando por los demás profesionales del foro, letrados y procuradores, muchos a lo largo de los años, de los que sigo aprendiendo, mayores, medianos, jóvenes; con bastantes de ellos he hecho una amistad que valoro como el tesoro que es.

Una profesión en la que tienes que aceptar con igual humildad tanto los fracasos como, y sobre todo, los aparentes éxitos. Porque colaborar con la justicia es hacer posible la paz de las personas, los ciudadanos y la sociedad, la libertad de unos y otros, de todos. No se puede pedir más. Por eso es la profesión más hermosa a la que dedicarse.

Y termino. El ejercicio de la abogacía nos pone fácil dedicar la vida a servir, servir, servir; a gastar la vida por los demás, si ponemos todas nuestras capacidades y, tantas veces, el corazón, en lo que hacemos y en las personas que nos encuentran y a las que encontramos. Puedo asegurar que, de esa forma, la vida merece vivirse.

Muchas gracias.